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El Mundial 2026 también se juega fuera de la cancha: inteligencia artificial, robots y la pregunta que nadie debería esquivar

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El Mundial 2026 también se va a jugar fuera de la cancha: inteligencia artificial, robots y la pregunta que nadie debería esquivar

Hay algo del Mundial 2026 que, para mí, va mucho más allá del fútbol. Y lo digo sabiendo que un Mundial nunca es solamente fútbol: es emoción, identidad, negocio, espectáculo, turismo, política, medios, seguridad, datos y cultura popular concentrados en pocas semanas. Pero esta vez aparece una capa nueva, mucho más visible que en otros torneos: la inteligencia artificial y la robótica van a estar metidas en decisiones, transmisiones, análisis táctico, seguridad, experiencia del espectador y hasta moderación del odio en redes sociales.

En este Mundial, no vamos a ver solamente jugadores corriendo detrás de una pelota. Vamos a ver un evento operado como si fuera una gran ciudad temporal, distribuida entre Estados Unidos, México y Canadá, con 48 selecciones, 104 partidos y 16 sedes. Cuando uno dimensiona eso, entiende por qué la tecnología deja de ser un adorno y pasa a ser infraestructura: no se trata de “poner IA porque está de moda”, sino de intentar administrar una escala que, con herramientas tradicionales, se vuelve cada vez más difícil.

Ahora bien, como siempre digo, con la IA todo depende.

Depende de para qué se use, quién la controle, qué datos tome, qué límites tenga, qué pasa cuando se equivoca y qué lugar siga ocupando el criterio humano. Porque frente a este tipo de avances hay dos reacciones muy fáciles, pero bastante pobres: la primera es aplaudir todo como si cada tecnología fuera progreso automático; la segunda es rechazarlo todo como si cada cámara, cada algoritmo o cada robot fueran el comienzo inevitable de una distopía. A mí no me interesa ninguno de esos extremos. Me interesa pararme en el medio, donde la conversación se vuelve más incómoda, pero también más honesta.

El Mundial 2026 puede ser una vidriera espectacular de innovación. También puede ser una advertencia. Justamente por eso, vale la pena mirarlo con atención.

La IA ya no aparece como herramienta aislada: aparece como sistema nervioso del evento

Durante años, hablamos de inteligencia artificial como si fuera algo que uno abre en una computadora, usa un rato y cierra. Le pedimos un texto, una imagen, un resumen, una estrategia, una idea para redes o una automatización puntual. Pero lo que empieza a verse en eventos como el Mundial 2026 es otro salto: la IA deja de ser una herramienta separada y empieza a funcionar conectada a cámaras, sensores, datos deportivos, transmisiones, sistemas de seguridad, plataformas sociales, accesos, centros de comando y aplicaciones para el público.

Es como la diferencia entre tener una calculadora en un escritorio y tener electricidad en toda la casa. La calculadora te resuelve una cuenta. La electricidad hace posible que funcione todo lo demás, aunque muchas veces ni la veamos.

En el Mundial, la IA se va a usar en lugares muy concretos. En el análisis táctico, aparece con Football AI Pro, un asistente generativo desarrollado por Lenovo como partner tecnológico oficial de FIFA para que las 48 selecciones tengan acceso a información avanzada. En el arbitraje, aparece con avatares 3D de los jugadores y tecnología semiautomatizada para decisiones de fuera de juego. En la transmisión, aparece con Referee View, una cámara desde la perspectiva del árbitro estabilizada por software. En seguridad, aparece con sistemas de monitoreo, robots, herramientas anti-dron y simulaciones de flujos de personas. En redes sociales, aparece con filtros automáticos para ocultar mensajes abusivos dirigidos a jugadores, equipos y oficiales.

Dicho de otra manera: la IA no está en “una parte” del Mundial. Está empezando a atravesar varias capas del evento al mismo tiempo.

Y ahí está lo interesante. También lo delicado.

Porque cuando una tecnología se vuelve parte de la infraestructura, la discusión cambia. Ya no alcanza con preguntarse si funciona. Hay que preguntarse quién la gobierna.

Football AI Pro: la inteligencia artificial como asistente táctico de las 48 selecciones

Uno de los casos más claros es Football AI Pro. Esta herramienta fue presentada como un asistente de conocimiento con inteligencia artificial generativa, desarrollado por Lenovo como partner tecnológico oficial de FIFA, pensado para que las 48 selecciones del Mundial puedan acceder a análisis de partido, datos de rendimiento, videos, gráficos y visualizaciones 3D.

Acá hay que ser precisos: no estamos hablando de una IA que reemplaza al entrenador ni de una máquina que toma decisiones deportivas por encima del cuerpo técnico. La propia comunicación habla de capacidades de análisis en tiempo real, pero eso no significa que el técnico vaya a recibir órdenes algorítmicas desde el banco ni que el partido se transforme en una partida dirigida por software. El punto más importante está en cómo esta herramienta puede acelerar la lectura de datos, ordenar información compleja y asistir a los equipos en la preparación, el seguimiento y el análisis posterior de los partidos.

Lo que sí cambia es la forma en la que se prepara y se interpreta un partido. Antes, las selecciones con más recursos podían tener departamentos enormes de análisis, científicos de datos, analistas de video y software propio. Las selecciones más chicas, en cambio, muchas veces dependían de equipos más reducidos, informes más básicos o análisis visual más artesanal. Football AI Pro apunta a achicar esa distancia: pone a disposición de todos una capa de análisis avanzada, construida sobre datos futbolísticos de FIFA y pensada para responder consultas en lenguaje natural.

Esto me parece clave, porque muestra algo que pasa en todas las industrias: la IA democratiza el acceso, pero no democratiza automáticamente el criterio.

Dos cuerpos técnicos pueden tener la misma herramienta y usarla de maneras completamente distintas. Uno puede pedir datos obvios, confirmar prejuicios y llenar informes que nadie va a leer. Otro puede hacer preguntas mejores, detectar patrones que no eran evidentes y convertir esa información en decisiones entrenables. La diferencia no está solamente en el modelo; está en la calidad de las preguntas, en la interpretación y en la capacidad humana de llevar eso al campo.

En una empresa pasa igual. Dos negocios pueden tener el mismo CRM, el mismo ChatGPT, la misma automatización en N8N o el mismo dashboard. Uno lo usa para ordenar tareas sueltas; el otro lo convierte en un sistema de decisiones. Desde afuera parece que ambos “usan IA”. Por dentro, uno apenas la toca y el otro la integra a su forma de pensar.

Con el fútbol sucede algo parecido. La IA puede mostrarte que un rival deja espacios a la espalda del lateral derecho cuando pierde la pelota en salida. Puede ayudarte a encontrar patrones de presión, momentos de fatiga, zonas de recuperación o tendencias en pelota parada. Pero después hay que entrenarlo, explicarlo, simplificarlo y ejecutarlo bajo presión. Ahí vuelve a aparecer lo humano.

La IA te puede mostrar una oportunidad. No puede patear por vos.

El fuera de juego semiautomatizado: cuando la precisión técnica entra en una decisión emocional

Otro punto fuerte del Mundial 2026 es la evolución del fuera de juego semiautomatizado. Según la información técnica disponible, los jugadores son escaneados para crear modelos tridimensionales de sus cuerpos; esos avatares se incorporan al sistema de asistencia arbitral para detectar mejor la posición de cada futbolista en jugadas de offside. FIFA también explicó que esta tecnología se limita al fuera de juego posicional y que no resuelve por sí sola todos los casos interpretativos, como las interferencias de jugadores que están adelantados pero no tocan la pelota.

Esta aclaración es fundamental. Si uno dice simplemente “la IA va a decidir el offside”, está simplificando mal. Lo concreto es que la tecnología ayuda a detectar con más velocidad y precisión una parte del problema: la posición del jugador. Pero el fútbol no es solo geometría. Hay jugadas donde todavía importa la interpretación: si un jugador interfiere o no, si afecta al arquero, si participa de la acción, si condiciona a un defensor. En esos casos, el criterio arbitral sigue siendo necesario.

Para mí, este ejemplo resume muy bien cómo deberíamos pensar la inteligencia artificial en general. El algoritmo puede medir mejor que nosotros. Puede ver patrones que se nos escapan. Puede calcular en segundos lo que antes llevaba mucho más tiempo. Pero eso no significa que haya que entregarle toda la autoridad.

Me gusta pensarlo como un GPS. El GPS te puede indicar la ruta más rápida, avisarte del tránsito y sugerirte un desvío; si te manda por una calle cortada, inundada o imposible, el que sigue manejando sos vos. Un buen conductor no ignora el GPS por orgullo, pero tampoco entrega su criterio por comodidad.

Con el arbitraje asistido pasa lo mismo. La tecnología debería reducir errores evitables, acelerar revisiones y mejorar la explicación pública de las decisiones. Eso es positivo. Lo peligroso sería esconder decisiones humanas detrás de una supuesta neutralidad tecnológica. Porque ningún sistema aparece mágicamente: alguien define sus parámetros, alguien decide cómo se entrena, alguien establece qué dato pesa más y alguien tiene que responder cuando falla.

En el Mundial, esta tecnología se usa en el terreno más sensible posible: una jugada que puede anular un gol, cambiar un partido o modificar la historia de una selección. Por eso no alcanza con que el sistema sea preciso. Tiene que ser explicable.

Las animaciones 3D: decidir mejor, pero también explicar mejor

Una parte interesante de los avatares 3D no tiene que ver solamente con el arbitraje interno, sino con la comunicación hacia los espectadores. La idea es que las decisiones de fuera de juego puedan mostrarse con visualizaciones más realistas, tanto para quienes están en el estadio como para quienes miran por televisión.

Esto parece un detalle, pero no lo es.

En cualquier decisión importante, la confianza no depende solo del resultado. También depende de la explicación. Si a una persona le decís “esto es así porque lo dice el sistema”, probablemente desconfíe. Si le mostrás una reconstrucción clara, entendible y consistente, quizás siga enojada porque le anularon un gol a su equipo, pero al menos tiene más elementos para entender qué ocurrió.

Esto se puede trasladar a cualquier ámbito. En una empresa, cuando se toma una decisión con datos, hay que explicar el criterio. En medicina, cuando se comunica un diagnóstico asistido por tecnología, hay que explicar el razonamiento. En educación, cuando se usa IA para evaluar o acompañar procesos, hay que hacer transparente el método. La IA sin explicación genera distancia; la IA bien explicada puede construir confianza.

Por eso, en este Mundial, el desafío no es solo usar más tecnología. Es usarla de una manera que el público pueda comprender. Porque cuando la tecnología se vuelve una caja negra, tarde o temprano genera resistencia.

Referee View: la cámara del árbitro y una nueva forma de mirar el partido

Otra innovación concreta es Referee View. FIFA y Lenovo presentaron una versión mejorada de la cámara corporal del árbitro, con estabilización por inteligencia artificial para reducir el movimiento brusco y el desenfoque que se produce cuando el juez corre, gira o cambia de dirección.

Acá la aplicación es muy específica: no se trata de una cámara más puesta en el estadio, sino de una perspectiva en primera persona desde el árbitro. Para la transmisión, esto puede generar una experiencia más inmersiva; para el análisis arbitral, puede ofrecer material útil después del partido; para el público, puede ayudar a entender mejor ciertas decisiones desde el lugar físico en el que estaba el juez.

La diferencia con una cámara tradicional es enorme. Una cámara televisiva nos muestra el partido desde afuera, con distancia, altura y encuadre. La cámara del árbitro muestra otra cosa: la velocidad real de la jugada, los cuerpos cruzándose, la proximidad del contacto, el ángulo limitado y el caos propio del campo. Muchas veces, desde el sillón, uno cree que una decisión era obvia. Desde adentro, quizás no lo era tanto.

Este tipo de tecnología puede humanizar al árbitro, aunque parezca contradictorio. Nos recuerda que decide en movimiento, con presión, con ruido y con jugadores alrededor. La IA, en este caso, no reemplaza al árbitro; estabiliza la imagen para que podamos ver mejor lo que él veía.

Y me parece una aplicación interesante porque no solo busca precisión. Busca perspectiva.

Robots en seguridad: entre la prevención real y el imaginario distópico

La parte de robótica es, seguramente, una de las que más conversación pública genera. Cuando se habla de perros robot patrullando estadios, la reacción inmediata de mucha gente no es técnica, es cultural. Aparecen imágenes de películas, series distópicas, vigilancia extrema y control social.

Y sería un error burlarse de ese miedo. La reacción social también es un dato.

En México, por ejemplo, se presentaron unidades K9-X para tareas de seguridad vinculadas al Estadio BBVA, en Guadalupe, Nuevo León. Según la información publicada, son cuatro perros robot pensados como apoyo policial, no armados, equipados con cámaras, visión nocturna y sistemas de comunicación. Funcionan de manera semiautónoma, con operadores humanos, y están pensados para actuar como primeros respondedores: entrar antes que una persona en zonas de riesgo, observar, transmitir video, disuadir conductas peligrosas o asistir en situaciones de tumulto.

Acá conviene bajar el concepto a tierra. No estamos hablando de robots “tomando decisiones” por su cuenta ni de máquinas autónomas persiguiendo hinchas. La función concreta, al menos en este caso, es reducir la exposición de policías y personal de seguridad en situaciones potencialmente peligrosas. Si hay una pelea, un objeto sospechoso o una zona de riesgo, el robot puede entrar primero, mirar y transmitir información.

En el material de análisis también aparecen referencias a robots cuadrúpedos tipo Spot, vinculados a tareas de patrullaje e inspección en zonas críticas, como corredores de servicio, perímetros de seguridad o espacios vinculados a la operación técnica del evento. La lógica es parecida: sensores móviles que pueden recorrer, observar, detectar anomalías y reducir riesgos para humanos.

Ahora bien, que algo tenga una utilidad operativa no elimina las preguntas éticas. Un robot con cámaras en un evento masivo puede ser una herramienta razonable de seguridad o puede convertirse en parte de una infraestructura de vigilancia excesiva. La diferencia está en los límites: qué graba, cuándo graba, quién mira esas imágenes, cuánto tiempo se guardan, si se combinan con reconocimiento facial, qué protocolos existen y qué se le informa al público.

Mi postura es clara: si la robótica ayuda a proteger personas sin invadir derechos, tiene sentido. Si se usa para naturalizar vigilancia sin control, hay que discutirla fuerte.

No todo avance en seguridad es autoritarismo. No toda preocupación por la privacidad es paranoia. En el medio está la conversación seria.

Gemelos digitales: el estadio como una ciudad simulada en tiempo real

Otro concepto que me parece muy potente es el de los gemelos digitales. Un gemelo digital es una réplica virtual de un espacio físico que se alimenta con datos reales para simular comportamientos, anticipar problemas y tomar mejores decisiones.

Aplicado a un estadio, esto significa algo concreto: se puede modelar la circulación de personas, detectar cuellos de botella, estimar tiempos de evacuación, anticipar acumulaciones en accesos y recomendar cambios operativos antes de que una aglomeración se vuelva peligrosa. En el documento de trabajo, esto aparece asociado a las sedes del Mundial y a la gestión predictiva de multitudes, combinando datos de molinetes, cámaras de conteo, sensores y tránsito urbano.

La analogía más simple es la del tablero de un auto. Uno puede esperar a que el motor se funda o puede mirar la temperatura, la presión y las alertas. El gemelo digital hace algo similar con un estadio: no espera a que el problema explote, intenta detectar señales previas.

Esta es una de las aplicaciones de IA que más sentido tiene. En eventos masivos, la prevención no es un lujo. Una puerta saturada, una escalera bloqueada o una mala distribución de flujos puede terminar en una tragedia. Si la IA ayuda a detectar esos riesgos antes y permite abrir otra puerta, mover personal, cambiar señalización o redirigir gente, el beneficio es enorme.

Pero incluso en una aplicación tan defendible, hay preguntas. ¿Los datos son agregados o individuales? ¿Se combinan con biometría? ¿Quién audita la predicción? ¿Qué pasa si el sistema recomienda mover gente hacia una zona que después se congestiona más? ¿Cómo se comunica al público que está siendo guiado por decisiones algorítmicas?

La IA predictiva puede ser una gran herramienta de seguridad. Pero no debería funcionar como excusa para monitorear todo sin explicar nada.

Biometría en accesos: la comodidad más peligrosa suele ser la que menos se siente

La biometría aparece como otra capa posible dentro del nuevo Mundial tecnológico, aunque no como algo uniforme en todos los estadios ni en cada acceso del torneo. Es mejor leerla como una tendencia que empieza a consolidarse en varias sedes, en determinados controles o en algunos sistemas de ingreso y transacciones, especialmente en estadios y ciudades que ya venían incorporando soluciones de identificación facial, pagos sin contacto y validación digital de espectadores.

La promesa es clara: entrar más rápido, reducir filas, evitar fraudes, agilizar pagos y mejorar la experiencia del espectador. A primera vista, suena impecable. Llegás al estadio, validás tu identidad en segundos y seguís camino. No buscás el documento, no mostrás la entrada durante largos minutos, no perdés tiempo. Todo fluye.

El problema es que la comodidad suele ser la forma más elegante de entregar datos sensibles.

Una contraseña se puede cambiar. Una tarjeta se puede cancelar. Una cara no. Un patrón biométrico no es un dato cualquiera; es parte de tu identidad física. Por eso, cuando algunas sedes de un evento masivo empiezan a incorporar biometría, la conversación no puede quedarse en “qué rápido se entra”. Hay que hablar de consentimiento, almacenamiento, seguridad, eliminación de datos, terceros involucrados y auditoría.

No creo que la biometría deba prohibirse siempre. Sería una postura demasiado simple. En ciertos contextos puede mejorar seguridad y experiencia. Pero cuanto más sensible es el dato, más alto debería ser el estándar de transparencia. El usuario debería saber qué se captura, para qué se usa, cuánto tiempo se conserva, quién lo procesa y cómo puede pedir que se elimine.

La pregunta de fondo es incómoda: ¿estamos usando IA para simplificar la vida de las personas o estamos acostumbrando a las personas a ser permanentemente identificables?

Esa línea es fina. Y en eventos de esta escala, hay que mirarla de cerca.

Sistemas anti-dron: el nuevo perímetro también está en el aire

La seguridad de un Mundial ya no termina en las puertas del estadio. También incluye el cielo, las redes, las transmisiones, los sistemas de pago, los celulares y las plataformas digitales. Por eso aparecen tecnologías anti-dron, pensadas para detectar vuelos no autorizados cerca de estadios y fan zones.

Un dron puede parecer una molestia menor, pero en un evento masivo puede generar riesgos reales: espionaje, interrupción del espectáculo, accidentes, amenazas físicas o pánico. Por eso se despliegan sistemas de detección, rastreo e intercepción. Algunas soluciones incluso apuntan a capturar drones con redes para evitar que caigan sin control sobre una multitud.

Este punto muestra algo interesante: la tecnología también puede hacer que una respuesta de seguridad sea más precisa y menos bruta. No es lo mismo interferir señales de forma indiscriminada que detectar un dron específico, ubicarlo, interceptarlo y retirarlo con el menor daño posible. Si se diseña bien, la IA puede ayudar a actuar antes y con más proporcionalidad.

Pero, como siempre, el punto no es solo técnico. También importa quién usa ese sistema, bajo qué reglas, con qué autorización y con qué controles.

Moderación automática en redes: proteger jugadores sin convertir la conversación pública en una caja negra

Otra aplicación concreta de IA en el Mundial está en la protección de jugadores, equipos y oficiales frente al abuso en redes sociales. FIFA ya tiene un Servicio de Protección en Redes Sociales, y la expansión de este tipo de herramientas apunta a ocultar o filtrar mensajes discriminatorios, racistas, amenazantes o abusivos.

Esto me parece necesario. Durante años se naturalizó que un deportista tenía que soportar insultos masivos como parte de su exposición pública. Pero jugar mal, errar un penal o quedar eliminado no habilita odio racial, xenofobia, amenazas ni campañas coordinadas de acoso.

La IA puede ser muy útil en este punto porque el volumen es imposible de manejar manualmente. Si miles o millones de comentarios llegan en minutos, ningún equipo humano puede filtrarlos en tiempo real con la misma velocidad. Un sistema automático puede detectar palabras, patrones, modismos, combinaciones agresivas y ocultar contenido antes de que el daño se multiplique.

Pero acá también hay una discusión que no hay que esquivar: ¿qué se considera abuso?, ¿cómo se manejan los falsos positivos?, ¿qué pasa con el sarcasmo?, ¿quién revisa los casos dudosos?, ¿cómo se adaptan los sistemas a distintos idiomas y culturas?, ¿qué plataformas permiten ocultar comentarios y cuáles no?

Proteger a las personas del acoso no es censura. Hacerlo sin criterios claros, sin auditoría y sin mecanismos de revisión puede volverse un problema. La clave está, otra vez, en el medio: usar IA para reducir daño real, pero sin tercerizar por completo la conversación pública a un sistema opaco.

El Mundial como laboratorio de lo que viene después

Lo más importante de todo esto es que el Mundial 2026 no debería leerse como un caso aislado. Los megaeventos suelen funcionar como laboratorios de tecnologías que después bajan a otros espacios: aeropuertos, recitales, shoppings, hospitales, universidades, empresas, estaciones de tren, ciudades y hasta barrios privados.

Lo que hoy aparece en un estadio, mañana puede estar en un centro comercial. Lo que hoy se justifica por seguridad mundialista, mañana puede aplicarse al transporte urbano. Lo que hoy se usa para gestionar multitudes de hinchas, mañana puede usarse para organizar evacuaciones, controlar accesos laborales o monitorear espacios públicos.

Por eso me interesa tanto hablar de este tema. No porque los robots del Mundial sean una curiosidad tecnológica, sino porque nos obligan a discutir qué tipo de convivencia queremos entre humanos, datos, máquinas e instituciones.

La pregunta ya no es “IA sí o IA no”. Esa pregunta quedó vieja. La pregunta real es: IA bajo qué reglas, con qué límites, con qué auditoría, con qué responsabilidad y con qué propósito.

Prohibir todo sería negar oportunidades enormes. Aceptar todo sin discusión sería una irresponsabilidad.

La IA no reemplaza la humanidad: la amplifica

Hay una idea que para mí resume gran parte del debate: la inteligencia artificial no nos vuelve automáticamente mejores; muchas veces amplifica lo que ya somos.

Si una organización es transparente, la IA puede volverla más eficiente. Si es opaca, puede volverla más peligrosa. Si un equipo tiene criterio, la IA puede potenciarlo. Si no tiene rumbo, puede acelerar el caos. Si una institución respeta derechos, la IA puede ayudar a cuidar. Si no los respeta, puede escalar abusos.

En el Mundial 2026, la IA puede ayudar a jugar mejor, arbitrar mejor, transmitir mejor, organizar mejor y proteger mejor. También puede concentrar más datos, normalizar más vigilancia, automatizar decisiones sensibles y acostumbrarnos a sistemas que nadie entiende del todo.

Por eso no me compro ni el relato ingenuo ni el apocalíptico.

La IA no viene a salvarnos por sí sola. Tampoco viene a destruirnos inevitablemente. Viene a obligarnos a decidir mejor.

El verdadero debate es el control

Cada vez que hablamos de inteligencia artificial, muchas veces nos quedamos en la herramienta: qué modelo usa, qué cámara tiene, qué robot camina mejor, qué sistema responde más rápido. Todo eso importa, pero no es el centro.

El centro es el control.

Quién controla los datos. Quién controla las decisiones. Quién controla las explicaciones. Quién controla los errores. Quién controla los límites.

En un Mundial, esto se vuelve enorme porque participan federaciones, gobiernos, empresas tecnológicas, fuerzas de seguridad, marcas, plataformas, medios, turistas, jugadores y millones de espectadores. Pero, en una escala más chica, la misma discusión aplica a cualquier empresa que quiera implementar IA.

Antes de automatizar, hay que pensar. Antes de conectar sistemas, hay que definir responsabilidades. Antes de vender innovación, hay que entender qué problema real se está resolviendo. Una mala implementación de IA es como poner un motor de Fórmula 1 en un auto sin frenos: impresiona, acelera y hace ruido, pero en algún momento se vuelve peligrosa.

Mi conclusión: más IA, sí, pero con más criterio humano

El Mundial 2026 probablemente sea recordado como uno de los primeros grandes eventos deportivos donde la inteligencia artificial y la robótica dejan de estar en los márgenes para pasar al centro de la operación. No van a estar solo en una app, una cámara o una estadística televisiva; van a estar en el análisis táctico de las selecciones, en el fuera de juego semiautomatizado, en las cámaras del árbitro, en la seguridad de los estadios, en la gestión de multitudes, en sistemas anti-dron, en la protección contra el odio digital y, según la sede o el tipo de acceso, también en experiencias de validación biométrica.

Algunas aplicaciones son claramente positivas. Otras merecen debate. Algunas van a funcionar muy bien. Otras seguramente van a mostrar límites. Y está bien que así sea, porque madurar tecnológicamente no significa aplaudir todo ni rechazar todo: significa aprender a distinguir.

Mi postura es esta: quiero más inteligencia artificial donde ayude a cuidar personas, reducir errores, democratizar capacidades, mejorar experiencias y tomar mejores decisiones. Pero también quiero más transparencia, más auditoría, más responsabilidad y más conversación pública sobre los límites.

El futuro no se trata de elegir entre humanos o máquinas. Se trata de diseñar mejores sistemas entre humanos y máquinas.

La pelota va a seguir siendo la pelota. El gol va a seguir emocionando igual. La camiseta va a seguir pesando. Pero detrás de cada jugada, cada ingreso, cada cámara, cada alerta y cada decisión, habrá una capa tecnológica trabajando.

La pregunta es si vamos a mirar eso como simples espectadores o si vamos a animarnos a discutirlo como sociedad.

Yo prefiero lo segundo, y vamos Argentina que este Mundial también tiene que ser nuestro.

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